En Perú quieren “erradicar” a las travestis

Brutal golpiza y vejaciones a travesti y su cliente en Perú. Videocaptura.

 

No existe peor cosa que la tortura. Es increíble que en el siglo en que vivimos todavía existan personas que consideren a las travestis peor que a animales o como a una peste a la que hay que erradicar. Ello, según declaraciones de un hombre desaforado ante las cámaras de la televisión peruana.

Ya desde la introducción al videoinforme, los conductores del noticiero, no respetan el género de la afectada, al decir textualmente “miembros de las juntas vecinales golpearon a dos hombres…” o “dos hombres gays” -cuando en realidad se trataba de un hombre y una travesti- mostrando, de forma morbosa, imágenes de la chica tirada en la calle, desnuda, con la cabeza rapada a cuchillazos y tratando de aguantar una serie de tortuosos ejercicios, hasta caer desmayada ante el horror y la brutalidad de miembros de su misma especie humana.

Es una vergüenza, que personas que dicen “ser periodistas”, trabajen en medios de comunicación y se olviden de la “objetividad”, traspasen los valores humanos, muestren la crueldad y la eleven, excusándose en la vieja frase “la gente tiene que saber”. Todo ello a fin de montar un circo con un tema que presenta tantas tristes aristas como, en este caso, la transfobia.

¿Cuándo entenderán los colegas que acorde al género se trata de “la travesti” y que un hombre que tiene sexo con una de ellas no se convierte automáticamente en gay?

Por otra parte están los entrevistados y el hecho en sí. Actos similares a los de nuestros antepasados en las cavernas son tomados como “normales” -si cabe el término- por un grupo de personas irracionales: se arrastra a una persona de los pelos, se le corta a cuchillazos el cabello, se la golpea y se la obliga a hacer ejercicio hasta caer desmayada.

Juston Alvarado, miembro de la junta vecinal, decidió salir con sus amigos a “derrotar al enemigo”: “Les estamos dando un castigo merecedor; hace poquito, a un travesti lo apuñalaron. Definitivamente nos hemos puesto de acuerdo en erradicar esto”, vociferó orgulloso la bestia.

Techi, la chica travesti que ejerce el trabajo sexual en la ciudad de Tarapoto no tiene otra opción que salir a las calles a prostituirse. Pero para su desgracia, vive en un país donde la inmensa mayoría de la población no acepta la homosexualidad y, aún menos, a las travestis, aunque de manera hipócrita consume los servicios sexuales que ellas brindan.

La incomprensión, la violencia, el horror y la marginación hace que estos dos seres se encuentren enfrentados y, como las dos caras de una misma moneda, exalten el atraso y la carencia absoluta de una cultura capaz de aceptar las diferencias y resaltar los valores humanos.

Ante este hecho y hasta la fecha, no ha llegado a la Redacción de este medio ninguna noticia sobre denuncias ante los organismos oficiales correspondientes, de Derechos Humanos o ante la Justicia peruana para que se tomen medidas y sanciones contra los agresores de Techi.

Sólo se ha difundido un comunicado -firmado por un puñado de organizaciones LGBT encabezzadas por el Movimiento Homosexual de Lima (Mhol)- con la exigencia del esclarecimiento y castigo sobre la violencia ejercida, que en la práctica no son más que buenas intenciones.

Las organizaciones de la diversidad sexual, tanto peruanas como latinoamericanas, deben darse cuenta que los horrores y vejaciones a las que fue sometida esta travesti no se solucionan con comunicados y exigencias plasmadas en un papel o distribuidas por correo electrónico, sino con acciones concretas.

Con su negligencia seguirán siendo cómplices del ausente Estado peruano, que es quien debe garantizar la no discriminación y en cambio, por omisión, permite estos hechos.

Con esa desidia de las organizaciones y la irresponsabilidad del Estado es muy seguro que, en breve, otras travestis pasen por lo mismo.

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